En las mesas directivas de las principales compañías, la agenda tecnológica hoy domina buena parte de la conversación. Se analizan presupuestos, se evalúan licencias de software y se busca optimizar procesos mediante inteligencia artificial. Sin embargo, cuando los ejecutivos proyectan esas nuevas herramientas sobre la estructura real de la empresa, surge una tensión inevitable al mirar los espacios de trabajo. La pregunta de fondo que hoy atraviesa al mercado corporativo es muy concreta: si la tecnología nos permite operar de otra manera, ¿qué hacemos con los metros cuadrados que alquilamos? Lo que se observa en las negociaciones reales del mercado inmobiliario corporativo está muy lejos de los pronósticos que anticipaban un vaciamiento masivo de los edificios. En esta etapa de adopción tecnológica, las empresas están utilizando la IA para automatizar tareas y ganar eficiencia en su operación diaria. El verdadero impacto inicial no pasa por una reducción lineal de las oficinas, sino por una profunda revisión estratégica de cómo se habitan esos lugares. Las nuevas dinámicas internas obligan a redefinir el rol del espacio físico: el foco ya no está puesto en la cantidad de metros, sino en los nuevos criterios de ocupación y en la productividad de cada entorno. Esta transformación impulsa una reconfiguración muy selectiva sobre qué activos vale la pena sostener. La discusión en las empresas viró hacia la utilidad estratégica de sus inmuebles. Hoy el mercado muestra escenarios variados: algunas compañías efectivamente achican su superficie, pero muchas otras mantienen el mismo tamaño, o incluso lo incrementan, apostando a cambiar la calidad, el diseño o la ubicación. El movimiento de fondo es una migración clara hacia espacios más eficientes y funcionales. Los directorios buscan edificios que faciliten la colaboración, integren mejor la tecnología y justifiquen la presencialidad del talento, mientras que las torres tradicionales con plantas rígidas empiezan a quedar rápidamente fuera de consideración. Parte de estas discusiones ya aparecen reflejadas en un reciente informe internacional de Cushman & Wakefield sobre el impacto de la inteligencia artificial en el mercado corporativo, donde empieza a observarse una demanda cada vez más selectiva hacia edificios preparados para acompañar nuevas dinámicas de trabajo y mayores requerimientos tecnológicos. Si cruzamos al sector logístico e industrial, el impacto tecnológico toma una dirección completamente distinta. Allí, la automatización no ahorra espacio, sino que exige instalaciones más sofisticadas. Cuando una empresa busca hoy un centro de distribución, los requisitos técnicos pegan un salto enorme. Ya no alcanza con una buena ubicación geográfica; la prioridad pasa por diseños preparados para sumar robótica y, fundamentalmente, por una capacidad de energía eléctrica muy superior a la que el mercado demandaba en el pasado. Toda esta transformación emite una señal muy clara para desarrolladores e inversores: el mercado inmobiliario se está segmentando con fuerza. El capital se concentra hoy en aquellos proyectos que tienen la infraestructura necesaria para acompañar los nuevos requerimientos corporativos. Por el contrario, los activos que quedan desfasados tecnológicamente y no ofrecen flexibilidad enfrentan un riesgo real de prolongar sus tiempos de vacancia. En definitiva, la inteligencia artificial no viene a vaciar los edificios, sino a obligarnos a repensar su propósito. Frente a una transición de mercado que recién empieza, la postura más inteligente que vemos en los directorios es priorizar la flexibilidad al negociar contratos y diseñar interiores. Hoy, la mejor decisión inmobiliaria de una empresa no es intentar adivinar cómo va a operar en cinco años, sino asegurarse el margen de maniobra necesario para ajustar sus espacios a medida que se redefinan las reglas del trabajo. Seguí a El Economista en GoogleAgreganos a tus medios preferidos. + Agregar